sábado, 14 de marzo de 2015

Frases de "Forastera" - Outlander 1




— No debes tener miedo de mi, ni de nadie aquí, mientras yo esté contigo


—Hablo en serio —continuó en voz baja—. Te protegeré. De él y de todos. Hasta con la última gota de mi sangre, mo duinne.
—¿Mo duinne? —repetí, algo turbada por la intensidad de su discurso. No quería ser responsable del derramamiento de ninguna gota de su sangre, ni de la última ni de la primera.
—Significa «mi morena». —Se llevó un bucle a los labios y sonrío. Su mirada aceleró todas las gotas de mi sangre—. Mo duinne —volvió a decir con gentileza—. Tenía ganas de decírtelo.
—Un color bastante insulto, el moreno —precisé con tono práctico. Intentaba retardar un poco las cosas. No podía evitar la sensación de que todo estaba yendo mucho más deprisa de lo que quería. Jaime meneó la cabeza sin dejar de sonreír.
—No, no diría eso, Sassenach. No tiene nada de insulso. —Levantó la mata de pelo con ambas manos y lo dejó caer lentamente.— Es como el agua en un arroyo, donde se encrespa sobre las piedras. Oscura al agitarse y con destellos plateados en la superficie donde refleja el sol.


— ¿Se acaba alguna vez...este deseo por ti?—. Su mano acarició mi pecho-. Incluso después de tenerte te deseo tanto, que me cuesta respirar y me duelen los dedos de ganas de tocarte otra vez.


—Hubo otro motivo. El principal.
— ¿Motivo?—repetí con desconcierto.
—Por el que me casé contigo.
— ¿Cuál?
—Porque te deseaba. —Desvió los ojos de la ventana y se volvió hacía mí—. Más de lo que jamás he deseado nada en mi vida —añadió en voz baja.


—No fuiste la primera mujer que besé —susurró—. Pero te juro que serás la última. —Y agachó la cabeza hacia mi rostro expectante.


—Has nacido para esto, ¿verdad, Jaime?
—Tal vez, Sassenach.
Contempló los campos y los edificios, las cabañas de los colonos y los caminos. Bajó la vista y una sonrisa repentina curvó sus labios carnosos.
—¿Y tú, Sassenach mía? ¿Para qué has nacido? ¿Para ser dueña de una mansión o para dormir en los campos como una gitana? ¿Para ser una curadora, la esposa de un catedrático o la dama de un fugitivo?.
—He nacido para ti —respondí sencillamente y lo rodeé con mis brazos.

—Decía que lo más hermoso en la vida de un hombre es hacer el amor con la mujer que ama –susurró. Me sonrió, sus ojos tan azules como el cielo sobre nuestras cabezas-. Tenía razón.

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